Press "Enter" to skip to content

La inexcusable carencia

«Todo cambia a partir del brutal despido de miles de trabajadores, incluidos universitarios de tercer nivel, investigadores, profesionales y técnicos, por un acomplejado Hugo Chávez, incapaz de coexistir con el conocimiento ajeno.»

Atribuirle la privación dramática de gasolina a las sanciones que pesan sobre el régimen, se emparenta con la narrativa que responsabiliza a iguanas y sabotajes por los endémicos apagones de luz. Han pasado veinte años desde el inicio de la destrucción progresiva de nuestra capacidad de refinación de petróleo, luego, es oportuno para las memorias frágiles recordar lo que aquello fue y en qué ha devenido.

El último año de democracia, 1998, el sistema de refinerías de PDVSA en suelo venezolano procesaba 1 millón 56 mil barriles diarios de crudo. Por sucesivas inversiones realizadas a partir de 1980, nuestras refinerías habían adquirido capacidad de conversión profunda, especialmente de nuestros crudos pesados y metálicos, para transformarlos casi en su totalidad en productos de alto valor: gasolina de alto octanaje, turbo quero para aviación, gasóleos, aceite de calefacción, butano, etano, MTBE y bases lubricantes.

La calidad de nuestra gasolina llenaba las exigencias de la autoridad ambiental de EE.UU. (EPA), en virtud de lo cual, además de abastecer totalmente la creciente demanda doméstica, exportábamos importantes volúmenes a la Costa Este de ese país, nuestro mercado más remunerativo.

Todo cambia a partir del brutal despido de miles de trabajadores, incluidos universitarios de tercer nivel, investigadores, profesionales y técnicos, por un acomplejado Hugo Chávez, incapaz de coexistir con el conocimiento ajeno. La tecnocracia que operaba las complejas unidades de refinación fue reemplazada por administraciones improvisadas, gansteriles, corrupción desbordada, militarización ignorante y autoritaria, contrabando, relajamiento del mantenimiento y de la rigurosa seguridad de las instalaciones, causando decenas de incendios, incluido el de Amuay con elevado costo en vidas humanas, silenciamiento y persecución de las denuncias y la degradación irrefrenable de la infraestructura de todas las plantas hasta el hoy criminal abandono de las operaciones.

Luego, no es en Trump en quien hay que pensar durante las penosas colas por unos litros de combustible.

por Ramón Peña