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El afán de lucro (auri rabida sitis) y El Arco Minero

«En general, la casi totalidad de los investigadores le otorgan una importancia decisiva a la aventura de Sebastián Belalcázar como fuente originaria de este mito, de la leyenda del Dorado, que se apoderó de la imaginación de los hombres de aquellos tiempos de la Empresa de Indias.» Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Gutiérrez Contreras recuerda con absoluta propiedad que “la ideología caballeresca constituye una clara herencia de la última fase del Medioevo. No es de extrañar este comportamiento si tenemos en cuenta que la mitad de los pasajeros a Indias en los primeros tiempos de la colonización eran hombres de armas (…) La fama es un componente de mucha importancia en la ideología de afirmación individualista en el período de transición entre la Baja Edad Media y el Renacimiento, en la fase de la crisis de la sociedad feudal (…) Pero la fama necesita de la fortuna, disponer de riqueza es el único medio para que la fama sea sólida”.

Así lo entendieron los conquistadores españoles y sus reyes: el mito del Dorado y el Capitalismo de Estado fueron claras demostraciones de que la fama sin fortuna nada vale.    

Ningún mito despertó tanto la imaginación, movilizó la voluntad y encendió la codicia de los conquistadores como el del Dorado: primero fue un rey, después una ciudad, para luego transformarse en la leyenda por antonomasia del Nuevo Mundo.  El sacerdote jesuita Constantino Bayle lo expresa con absoluta claridad: “Las fábulas de Cipango y el concepto equivocado que Colón tenía del globo terráqueo les impulsaron a sus maravillosos descubrimientos. Otra, la del Dorado, fue ocasión de viajes y exploraciones en la América del Sur, que no se habrían realizado sin ella: viajes y exploraciones que abrieron nuevos horizontes a la ciencia geográfica y al comercio”.

El mito del Dorado tiene lejanos antecedentes en la cultura europea. En efecto, los incansables buscadores del Vellocino de Oro, los secretos de la alquimia para producir el codiciado metal aurífero, la búsqueda obsesiva de la piedra filosofal, así como los traicioneros poderes mágicos del rey Midas, son, a su manera, variaciones de un imaginario ancestral que llegaron al Nuevo Mundo como antecedentes remotos de nuestro americano mito del Dorado. 

Con el fin de dar con el ansiado país de oro, largas extensiones del sur del continente, ríos, lagos y tierras, desde Quito hasta las bocas del Orinoco, fueron recorridos y explorados por unos europeos insaciables en su codicia y voracidad por conseguir el dorado metal. Como bien recuerda Uslar Pietri: “La lista de buscadores es larga y cubre tres siglos. En 1540 topan, por un increíble azar tres expediciones: la que venía del norte con Jiménez de Quesada, del noroeste con el gobernador alemán Ambrosio Alfínger y la que había partido de Quito con Sebastián de Belalcázar…Ya a fines del siglo XVI vino en su busca nada menos que sir Walter Raleigh, poeta y gran figura de la Corte de la reina Isabel en Inglaterra. Raleigh hace dos viajes hasta el Orinoco en busca del fabuloso mito”.

En general, la casi totalidad de los investigadores le otorgan una importancia decisiva a la aventura de Sebastián Belalcázar como fuente originaria de este mito, de la leyenda del Dorado, que se apoderó de la imaginación de los hombres de aquellos tiempos de la Empresa de Indias. Sin embargo, el historiador español Mariano Izquierdo Gallo sustenta que: “antes que los conquistadores de Quito y los fundadores de Popayán tuviesen noticias del Dorado de Cundinamarca, ya Vasco Núñez de Balboa, el descubridor del Pacífico, se representó en su mente con destellante alegría. El Dorado de Dobaiba. En 1510, Núñez de Balboa había descubierto el Altrato, y en 1512, veinte años después de la inmortal epopeya de las tres carabelas, se entregó a la búsqueda del tesoro de Dobaida…” Sin embargo, el mismo investigador apunta, no sin cierta decepción, que: “la historia no conoce más que una tercera parte de la verdad acerca del tesoro de Dobaida. Conoce que ciertamente existió en la región oriental de Altrato un tesoro estupendo de oro, dedicado a la diosa Dobaida; pero nada puede precisarse sobre su magnitud y forma, ni consta si los españoles llegaron a contemplarlo o sí los indios lo sepultaron en el Altrato o en algún lago”.

En todo caso, según los historiadores de la conquista del Perú, luego de la fundación en 1534 de la ciudad de Quito por el lugarteniente de Francisco Pizarro, Sebastián Belalcázar, éste planeó explorar nuevas naciones en busca de las ansiadas riquezas que tanto comentaban los moradores del lugar. Entre ellos encontró Belalcázar uno, cuya conversación, de acuerdo con la versión escrita de Fray Pedro Simón, tuvo el siguiente derrotero: “preguntándole por su tierra, dijo el indio que se llamaba Muizquita y su cacique Bogotá que es, como hemos dicho, este Nuevo Reino de Granada, que los españoles le llamaron Bogotá. Y preguntándole si en su tierra había de aquel metal que le mostraba que era oro, respondió ser mucha la cantidad que había y de esmeraldas, que el nombraba en su lengua piedras verdes. Y añadió que había una laguna en la tierra de su cacique, donde él entraba algunas veces al año en unas balsas bien hechas al medio de ella, yendo en cueros, pero todo el cuerpo lleno, desde la cabeza a los pies  y manos, de una trementina muy pegajosa y sobre ella mucho oro en polvo fino; de suerte que cuajada de oro toda aquella trementina, se hacía todo una capa o segundo pellejo de oro, que dándole el sol por la mañana, que era cuando se hacía este sacrificio y en día claro, daba grandes resplandores, y entrando así hasta el medio de la laguna, allí hacía sacrificio y ofrenda, arrojando al agua algunas piezas de oro, y esmeraldas con ciertas palabras que decía. Y haciéndose luego lavar con ciertas hierbas, como jaboneras todo el cuerpo, caía todo el oro que traía a cuestas, en el agua; con que se acababa el sacrificio y se salía del agua y vestía sus mantas.”

Prosigue su narración Fray Pedro Simón comentando las ambiciones que ya se habían fraguado en la voluntad y apetencias del lugarteniente de Pizarro: “Fue esta nueva tan a propósito de lo que deseaba Belalcázar y sus soldados, que estaban cebados para mayores descubrimientos como los que iban haciendo en el Perú, que se determinaron luego a hacer éste de que daba noticia el indio. Y confiriendo entre ellos que nombre le darían para entenderse, y diferenciar aquella provincia de las demás de sus conquistas, determinaron llamarle la Provincia del Dorado, como diciendo: llámese aquélla provincia donde va a ofrecer sus sacrificios aquel cacique con el cuerpo dorado.”

Son muchos los conceptos y explicaciones que intentan explicar la importancia y la relevancia que el mito del Dorado tuvo durante la conquista de América, por nuestra parte asumiremos como pertinentes las conclusiones expuestas por el reconocido doradista Demetrio Ramos Pérez:

  • El Dorado no es el fruto de la argucia de los indios para llevar a los españoles de un lugar a otro, ni tampoco era consecuencia de una credulidad incomprensible.
  • El Dorado no existía en ninguna parte, pues era fruto de la concreción de las ideas clásicas sobre indicios de posibilidad, que el conquistador acumuló, por el paso de unas a otras huestes, sobre un supuesto racional: el de la necesidad que existieran unas minas riquísimas en el lugar donde las condiciones naturales fueran óptimas.
  • El Dorado constituye un maravilloso capítulo de la historia de las ideas, en el que colaboran todos los que de cerca o de lejos intervienen en la historia americana del siglo XVI … y ahora lo hacen realidad los ecocidas socialistas del siglo XXI – a objeto de que rusos y chinos satisfagan su insaciable ansia de oro, su desmedido afán de lucro -, que en forma de ocultos lingotes afloran de un abominable proyecto revolucionario llamado EL ARCO MINERO 

por Enrique Viloria Vera

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