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El caso de José Ibarra, Profesor de la UCV

No sin cierto dolor de Patria, nos enteramos de lo acontecido con los zapatos de este profesor universitario (PU); su caso se ha hecho viral en las redes sociales, pero antes de comentar el inaudito asunto, leamos lo expresado por Eduardo Ortiz Ramírez, también profesor de la UCV:

“El profesor Ibarra mostró fotos de sus zapatos rotos y prácticamente inservibles por efecto del tiempo y las largas caminatas diarias que debía efectuar para legar a la universidad, en virtud de la ausencia de transporte público.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
“Es conocido que, en los años sesenta y setenta del siglo XX, los PU podían tener en Venezuela un nivel de vida comparable al de algunos otros países cercanos –e incluso superior-, contando con un escenario de escasa inflación (al menos hasta mediados de los setenta). La población -grosso modo- y los PU podían, entre otras cosas, comprar libros. Numerosas ediciones llegaban en esas décadas al país -y todavía en las dos siguientes- y nutrían, junto a otros materiales, librerías dilectas que tenía la Caracas de entonces, así como otras ciudades del país. También, en esas décadas de los sesenta y setenta, los PU podían viajar a especializarse o participar en diversas actividades científicas. Además, podían pensar en vivienda, autos y buenas condiciones de alimentación. Pero, ya a finales de los setenta y en los ochenta comenzó el deterioro, que hasta hoy ha logrado conformarse como una recta de casi 45 grados con pendiente negativa que registre nivel de vida y tiempo. Pero incluso todavía a inicios de los ochenta, un Profesor Instructor a Dedicación exclusiva podía ganar sobre los 7.000 bolívares y ello representaba -sin haberse dado el 18 de febrero de 1983- cerca de 1700$. Pero el deterioro, en una administración tras otra, no dejó de pronunciarse, pues el contexto de inestabilidad cambiaria iniciado con el fatídico viernes negro y continuado con malas políticas y gobiernos que no fue siempre fácil -y/o los ciudadanos no quisieron- identificarlos como uno peor que otro, llevaron a la nación a formas de deterioro en las condiciones de vida de sus ciudadanos y en estos iban, con su -en muchos casos- espíritu de sacrificio y generación de esperanzas, los PU. Pero no se podía prever que llegase al poder una administración como la bolivariana, y que algunos pudiesen esperar que varios contestatarios y políticos de la izquierda de los tiempos de la guerra (como gustan en decir algunos), de la pacificación, de la vida de los partidos políticos y de los golpes de estado, anidaran parte de sus esperanzas para transformar en buenas líneas la sociedad y la economía (cosa que ya no hicieron) y –además- pasara a tener el sector universitario defensores como condotieros medievales que hicieran valer los reclamos históricos y fundamentales de los PU, según venia la evolución planteada previamente. Nada que ver, pura ilusión. Aquellos señores se olvidaron –apechugados ya en tal momento con el poder- de la vida contestataria.”

El profesor Ibarra mostró fotos de sus zapatos rotos y prácticamente inservibles por efecto del tiempo y las largas caminatas diarias que debía efectuar para llegar a la universidad, en virtud de la ausencia de transporte público. Para tristeza de todos sus compatriotas informó que, con su menguado sueldo, no podía adquirir un nuevo par y para su infortunio tampoco tenía dinero suficiente, visto su menguado salario universitario, para pagar el arreglo de los viejos calzados.

Prontamente la solidaridad del venezolano se puso en movimiento, el PU Ibarra recibió un lote de zapatos nuevos o de poco uso, se reservó unos cuantos pares para sí mismo, y el resto los repartió entre otros profesores tan necesitados como él. Asimismo, constituyó una asociación por los zapatos dignos, a fin de aglutinar el legítimo reclamo de los PU habida cuenta de su cada vez más precaria calidad de vida. En todo caso, es bueno tener presente lo afirmado por Locke:

Nuestros ingresos son como nuestros zapatos: si son demasiado pequeños, nos aprietan y nos pinchan; pero si son demasiado grandes, nos hacen tropezar y caer.

por Enrique Viloria Vera

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