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Venezuela vive estresada

"No quiere decir que me aislé en una burbuja, pero no puedo abrir la puerta de par en par, e invitar a que la desolación tome asiento en mi sala, en mi propia casa y fuero interior." Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
«No quiere decir que me aislé en una burbuja, pero no puedo abrir la puerta de par en par, e invitar a que la desolación tome asiento en mi sala, en mi propia casa y fuero interior.» Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Estamos enfermos. No tenemos ni salud mental ni corporal. Han aumentado los niveles de hostilidad y ansiedad entre los ciudadanos por la falta de soluciones a los problemas que los aquejan. Es inminente el riesgo de enfermarse debido al estrés, que puede provocar desde problemas cardiovasculares hasta trastornos inmunológicos y cáncer. El país se lo pasa en un drama que agota, que perturba, que hunde al venezolano en el desasosiego. La alimentación, la salud y la seguridad son la amenaza tripartita del diario vivir. El dinero no rinde ante la inflación disparada. En los Estados frontera se hacen colas de cinco horas para surtir el vehículo de combustible. Se aumentan los salarios y eso ya no causa alegría, porque se nota de inmediato en los precios de todos los servicios y productos. Y la pésima prestación de servicios públicos de agua, energía y teléfono causan daños en aparatos y malos ratos frecuentes.

Aquel venezolano bonachón pasó a sufrir de hostilidad, irritabilidad, frustración y ansiedad, lo que no sólo es evidente en la calle, sino también en el trabajo y en el hogar. Y no hay válvula de escape, porque el venezolano, según parece, ha renunciado a destapar esa olla recalentada, pues con revocatorio suspendido -última rama de donde estaba agarrado antes de caer en el precipicio- se agita por sí mismo, ni tocando suelo, aunque nos quieran enterrar en el subsuelo.

¿Cómo nos vemos? La facha es horrorosa: con intranquilidad, insomnio, desasosiego, dificultad para concentrarse, pérdida de apetito y aislamiento, hasta alteraciones psicopatológicas como los trastornos de angustia, estrés postraumático, ataque de pánico, ansiedad generalizada, además de trastornos de somatización y depresiones. Y hasta se ha perdido peso, lo que – aún con la jocosidad en reserva- se ha dado en bautizarlo como una dieta presidencial.

Ya estamos en el nivel espinoso del sufrimiento, que es un sentimiento existencial, un sentimiento íntimo de hondo pesar en el que la persona se siente sin capacidad para resolver las situaciones y enfrentar la vida.

La agresión retórica de quienes gobiernan en el país tampoco contribuye con la salud del venezolano. Hay comportamientos inducidos artificialmente para generar un desencuentro entre la población con fines eminentemente políticos.

Sin desconocer toda esta realidad, me resisto en que eso me afecte. No quiero vivir por siempre así. Tampoco lo deseo para mi familia. Trato de disfrutar aún más mi casa, mis ratos con la familia, y hacer lo que me gusta, distraerme aprendiendo, compartiendo la formación con mi hija. No tengo la bola de cristal ni sé lo que va a ocurrir, pero estoy luchando para mantener mi equilibrio emocional, por lo menos. Para ser más amplio, trato de mantener una armonía en los factores físico, psicológico y biopsicosocial. Entonces, si tenía una vida sedentaria, trato ahora de caminar más, de disfrutar del aire que respiro, mantenerme más tiempo en la ducha, encontrarle mayor utilidad a mi función pública de servir en la universidad, incrementar y transformar mis pensamientos reflexivos en voz alta con mis alumnos de postgrado, exprimir las conversaciones gratas con mis amigos, entablar diálogos internos edificantes, mirar más el verdor de las montañas desde la ventana de mi oficina, laborar con el fondo musical instrumental del género musical que me deleita el tímpano, en fin, vivir mi mundo inmediato. No quiere decir que me aislé en una burbuja, pero no puedo abrir la puerta de par en par, e invitar a que la desolación tome asiento en mi sala, en mi propia casa y fuero interior. Debo ser franco, quizá crudo. El venezolano en general me causa cierta decepción. Su inactividad y su indiferentismo (título de algún artículo mío anterior) me defrauda. No le veo espíritu guerrero masivo. Una golondrina no hace verano. Por eso no me quiero contagiar del estrés crónico. Y como nadie tiene el destino asegurado, a lo mejor la vida me ponga ante la inevitable posición de tomar decisiones más trascendentales, para velar por mi bienestar integral y el de mi familia. Dejemos que el tiempo, muchas veces prudente y sabio consejero, hable.

Isaac Villamizar

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