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En la familia está la reconstrucción

“Tener un lugar a donde ir, se llama hogar. Tener personas a quien amar, se llama familia, y tener ambas se llama bendición.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
“Tener un lugar a donde ir, se llama hogar. Tener personas a quien amar, se llama familia, y tener ambas se llama bendición.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Siempre le digo a mis alumnos de postgrado que estoy plenamente convencido que en la educación y en la familia está el horizonte de una nueva luz para Venezuela. Me voy a referir a la segunda institución. Una familia se edifica sobre la responsabilidad, el espíritu de sacrificio, el trabajo compartido, la rectitud moral, la fe en sus creencias espirituales. Pero, fundamentalmente, una familia es el centro primigenio del sentimiento más sublime del ser humano: el amor. Se dice que madre no hay más que una. Pero en una familia constituida, donde hay madre, hay padre. Es en la familia donde el amor de ambos cuenta cuentos para que los hijos duerman con dulces sueños, donde les cantan y les arropan para que sientan la calidez de las cobijas en noches frías. Es en la familia donde brazos fuertes transportan a los niños a la cama, cuando el cansancio les ha vencido.

Todos estos son nuestros primeros amores y a la vez nos han enseñado a amar. Es la familia la primera escuela del amor. Sin la familia no sabríamos qué es el amor. Los mejores momentos de la vida, con seguridad, son aquellos que hemos disfrutado en el hogar, en el seno de la familia.

En la familia se consolida un valor fundamental de cualquier relación. Me refiero al respeto. Porque aprendemos en ella a respetar a quienes nos dieron la vida, a preocuparnos por ellos y a amarlos profundamente. Por eso, tanta desvelo de nuestros padres, lo podemos retribuir respetándolos y haciéndolos felices. Además, en la familia aprendemos a conocer a las personas tal como son, a aceptarlas, y si hay algo negativo que queremos decir, lo hacemos siempre de manera constructiva. Porque una familia hay que fortalecerla, no debilitarla. Si hacemos una crítica dentro de la familia, ella tiene que reflejar nuestro amor y respeto, no nuestra decepción, no acomplejando. Los padres deben ser los educadores que alaben lo positivo de sus hijos. Igualmente, en la familia se cultiva la confianza. Mantener ese contacto frecuente nos lleva a compartir las novedades. Nuestros padres quieren saber de nuestras vidas y al relatarlos nos sentimos mejor al encontrar audiencia en los mejores amigos que podemos tener. Esto robustece otro valor: el sentido de pertenencia, una singularidad que le da fisonomía propia a ese grupo. En este núcleo conocemos nuestra historia familiar, nuestra herencia étnica y aprendemos a saber quiénes somos, de dónde somos y cómo encajamos en el mundo. Porque como dice el papa Francisco: “Tener un lugar a donde ir, se llama hogar. Tener personas a quien amar, se llama familia, y tener ambas se llama bendición.”

En una auténtica familia, se ama, no se odia; se ríe, no se llora; se crea, no se destruye; se persevera, no se renuncia; se alaba, no se crítica; se cura, no se hiere; se da, no se quita; se actúa, no se aplaza; se progresa, no se desiste; se bendice, no se maldice; se quiere seguir viviendo, no se desea morir; se mantiene el optimismo, no se le da curso al pesimismo.

Si pensamos en las generaciones que vendrán, en nuestros hijos y nietos, tenemos que hacernos cargo de su futuro. Si asumimos este compromiso, es posible que evitemos grandes injusticias y pesares. No podemos perder ni un minuto más. Hay que sembrar esas raíces ahora, para darles esperanza a los jóvenes que sienten desaliento. Como nos enseña el maestro y poeta Publio Estacio, “planta árboles que aprovechen esta generación.” Por eso reafirmo que en la familia está el rescate de esta Venezuela tan adolorida. Si dedicamos aún más atención y tiempo a nuestros hijos, si nos convertimos en fuente inagotable de amor para ellos, si disfrutamos cada momento en la familia con felicidad y como un logro, si dejamos de mentir y golpear y corregimos con modelaje y con verdad, si todos en la familia somos honestos, de allí sin duda va salir esa regeneración que nos hace falta. Esta posibilidad, entonces, está más cerca de lo que pensamos. Ya lo advirtió la santa Madre Teresa de Calcuta: “La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro precisamos que toda familia viva feliz.”

Isaac Villamizar

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