Press "Enter" to skip to content

Piratería en Internet

Nota del Editor: Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Nota del Editor: Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Hay dos aspectos de Internet que deben ser objeto de análisis jurídicos. Uno es el uso de las herramientas que la tecnología permite para informar, para servir de vehículo de divulgación de acontecimientos, para lo cual las redes sociales se han convertido en verdaderos instrumentos para el llamado ciberperiodismo ciudadano. Lo mismo ocurre con el uso de estas redes para fomentar, promover y proteger la libertad de opinión, de crítica hacia los gobiernos, de juicios, de reclamaciones y denuncias sobre la actuación de funcionarios públicos, quienes además están obligados a rendir cuenta de su gestión, y para lo cual el gobierno electrónico debería ser un vehículo adecuado.

El otro aspecto que debe ser preocupación de la regulación jurídica es la llamada piratería en Internet. A este particular me quiero referir en este artículo. En la historia reciente de la humanidad la invención y perfeccionamiento de las tecnologías de información y comunicación han desbordado cualquier intento de regularla para que, bajo la ética digital, no causen daños a terceros. Simplemente se cree que si hay una innovación en Internet, es buena y mejora nuestra calidad de vida. No siempre es así. La humanidad sigue desarrollando su capacidad para los descubrimientos, innovaciones de aplicaciones y creación de sofisticadas tecnologías. Y el ser humano, curioso por naturaleza, incursionará en ellas, creyendo que lo novedoso es bueno. Pero Internet siempre tiene dos caras: cosas buenas y malas, beneficios y pérdidas, lo ético y lo corrompido. Estas conductas de la sociedad digital requieren de la regulación para que lo bondadoso, lo útil, lo beneficioso, predomine sobre lo que perjudica, daña y prostituye.

Se trata del acto de realizar una copia no autorizada de un producto físico, intelectual o digital, y compartirlo, negociarlo, venderlo, hacer provecho de lucro con él sin pagar los derechos de explotación al autor de la obra.

Estamos hablando de la piratería informática, que es un delito. Se trata del acto de realizar una copia no autorizada de un producto físico, intelectual o digital, y compartirlo, negociarlo, venderlo, hacer provecho de lucro con él sin pagar los derechos de explotación al autor de la obra. Los infractores y ladrones digitales, entonces, utilizan Internet para sus operaciones ilegales, que incluyen copias, publicidad, ofertas, compras y distribución de software, de obras y producciones artísticas, intelectuales y académicas. Ya es incontable en este escenario las veces que de la red se bajan películas, canciones, libros, y cualquier producto al cual se le pueda extraer el provecho económico o intelectual. Se puede conseguir en Internet cualquier cosa sin pagar. Y no es que se esté atacando ninguna libertad. Es que así como sucede en el mundo real, en donde la libertad no es absoluta, sino que está regulada en sus dimensiones por la ley, lo mismo ocurre en el medio informático. Como asegura Fernando Savater, coartar la libertad de robar en Internet no es censurar, es corregir comportamientos inadecuados. La capacidad potencial de crear, de producir en digital, siempre debe ir acompañada de reglas legales y éticas, para impedir que los pederastas, los delincuentes informáticos, los hackers que violan códigos de seguridad electrónica, los transmisores de informaciones para terroristas, los predadores de obras musicales, literarias y académicas, y los aprovechadores gratis del diseño y de la imaginación fílmica, queden en el submundo oscuro de la impunidad. Lo contario sería corrupción y connivencia con el robo y el atentado a los derechos de propiedad intelectual.

La piratería informática ocasiona pérdidas millonarias a industrias afectadas por la venta de copias, de pésima calidad, de sus productos, sin reconocer su valor económico. Asimismo, este comportamiento limita la creatividad, fomenta el plagio y produce serios daños a la reputación, buen nombre e imagen de los autores originales. No nos hagamos cómplices para que se asesine la cultura en nombre de la libertad o que las novedades, el progreso y la mejoras, siempre necesarias y fascinantes en el mundo virtual, sean hospedadores de los parásitos cibernéticos.

Isaac Villamizar