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Muera el conocimiento!

Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

En pocas palabras

El proceso incivilizatorio se profundiza. Al paso de los días el manto del atraso alcanza a nuevas víctimas. Hoy, nos sacude la noticia de la planeada desaparición del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) -la que fuera la primera institución de excelencia científica de la nación- y su reemplazo por un nuevo ente revolucionario “para que la ciencia no esté encerrada en laboratorios…y se democratice al servicio del pueblo, la liberación y soberanía de la patria”. Con este ramplón y demagógico considerando, el Cuartel, perdón, la Asamblea Nacional, ha aprobado el proyecto de ley en primera discusión. Nada original: ya una vez le escuchamos al funesto desaparecido que los investigadores tenían que quitarse la bata blanca y venir a hacer investigación en los barrios. Ignorancia a toda vela.

Desde sus orígenes, el IVIC fue concebido como un generador de conocimiento científico; así lo entendió Marcos Pérez Jiménez en 1954 cuando apoyó la idea del doctor Humberto Fernández Moran de crear una institución inspirada en centros de excelencia de Alemania y EEUU. Originalmente, se fundó como el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales IVNIC, luego, su objeto de investigación se ampliaría y se transformaría en el IVIC en 1959. Desde entonces, la institución contribuyó a que nuestra investigación básica y aplicada alcanzase reconocimiento universal por su excelencia; llegó a tener la más completa biblioteca científica de América Latina; sus cursos de maestría y doctorado formaron miles de profesores y científicos venezolanos y del mundo entero; muchos de sus investigadores se hicieron árbitros en el ámbito académico internacional; en 1973, el IVIC creó el Centro de Petróleo y Química que fue el núcleo precursor del Intevep de PDVSA.

Pero nuestra opereta del SXXI no entiende el valor del Conocimiento en la sociedad contemporánea. O quizás, tiene clara su incompatibilidad con la barbarie…

Ramón Peña