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Qué regreso y qué clases

Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Cuando uno piensa que en el siglo XXI, el Estado venezolano ha recibido el equivalente a 1.500 millardos de dólares –1.000 millones de dólares multiplicado por 1.500. Cuando uno piensa que el subsidio económico al régimen de los hermanos Castro Ruz, en casi 16 años, puede estimarse en 100.000 millones de dólares. Cuando uno piensa que la corrupción cambiaria sólo en el año 2012 fue de 25.000 millones de dólares…

Cuando piensa en todo esto y en cosas parecidas, y al mismo tiempo observa el estado calamitoso de la educación pública –hoy hay menos estudiantes en primer grado que a finales del siglo XX, entonces uno no puede sino concluir que Venezuela ha sido y está siendo vandalizada. En todos sus ámbitos políticos, económicos y sociales, pero en especial en el ámbito de la educación. Y para que el vandalismo sea más vil, se le trata de disfrazar con una propaganda que falsifica la realidad y manipula la ilusión.

La educación se ha deteriorado en términos cuantitativos, léase salarios reales de los maestros, o porcentajes de escolaridad efectiva, o número de docentes en ciencias, o cantidad de planteles en relación a la población en edad escolar, o en muchas otras categorías. Pero también se ha deteriorado en términos cualitativos, y por dos razones básicas. Una, porque por todo lo anterior hay menos capacidad de preparar a los estudiantes, de educarles…

Y otra, porque se privilegia el proselitismo o la idolatría política, a la matemática, la historia, el idioma o cualquier otra disciplina sustantiva y verdaderamente formativa. Una parte importante de la estructura educativa del Estado, cada vez tiene menos que ver con la educación y más que ver con el activismo político y ese asalto a las conciencias que supone la versión oficialista de la trayectoria y la situación de Venezuela.

Una parte de esa versión es proclamar que la educación venezolana ha experimentado una revolución esperanzadora en los tres últimos lustros. Ojala fuera así, pero no lo es. Cierto que se montaron las “misiones educativas” –algunas de las cuales se han abandonado en la práctica; cierto también que se decretaron diversas “universidades”, algunas irreales y otras con grados muy limitados de consistencia; cierto que se han gastado grandes fortunas en mercadeo de supuestos logros.

Pero lo más cierto de todo es que la educación venezolana del presente, en líneas generales, lejos de avanzar se ha descompuesto de forma dramática para el conjunto de la población. No hay derecho a ello. Y los caudales de la bonanza petrolera lo hacen todavía más injustificable. Lo hacen criminal.

Fernando Luis Egaña

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