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¡Se robaron El Ávila!

El Ávila. Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
El Ávila. Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Imaginemos que una mañana nos despertamos sin El Ávila en su sitio. Qué reacciones habría, qué de sorpresas. Ya muchos de rutina ni cuenta se darían mientras otros de boquiabiertos parecerían pescados atascados en los trenzados balcones de su propiedad horizontal. Los incrédulos no se detendrían a discutir su fe, al tiempo que demás miopes esculcarían la prensa para constatar si el desaparecido es de verdad-verdad. En fin, que la ciudad respiraría aire molusco, tendría un horizonte incrédulo y una hora de pájaros cambiada; papagayo sin cola. Sonarían teléfonos en los que se acumularían mensajes balbuceantes que casi en clave Morse. ¿Cambiarían las novias la fecha de su boda?

Mientras, el soberano asombro se iría convirtiendo en estupefacción, sospecha, paranoia, fin de mundo, y fila de caraqueños, ora mirándose a los ojos, ora conversos en la unidad del miedo, prorrumpirían corales: ¡Se lo trago la tierra, lo que nos faltaba, fin de mundo mijita, que lo desvalijaron pana! Toda rumores sería la ciudad, fotos de ya no está, que allí quedaba, allá subía yo de carajito, cerro el Ávila. Ahora que falta es que zozobra.

Digamos también que esa misma mañana nadie va a ninguna parte, todos con la mirada atónita puesta en eso que fue. ¿Nos vestimos de luto, dónde estamos, qué pasó? Tiempo de despedirnos por si acaso, de coches, dirán los españoles, dejados al garete en mitad del asombro; colegios sin muchachos, oficinas vacías, gobierno sin gobierno, menos mal. Porque es que una castración del paisaje no da como para chuparse los dedos de la mano amputada y menos al tratarse de un símbolo, de un espejo en común, la cobija de todos, qué vaina hermano.

Lo cierto es que la cadera de la ciudad con la que nos desplazábamos de un lado para otro, que así éramos, se ha perdido como unicornio azul. Bisagra que fuimos, barco al revés, tiranosaurio rex momificado, símbolo de los eternos días, todos atónitos frente a lo insólito de lo verdadero, exceso de vacío, Pacheco extraviado, imagínate tú.

Nadie duerme de noche, santo rosario, la Sayona, todos en vela haciendo guardia para evitar la sorpresa que es muda, a ver si se aparece, quién quita. Acuérdate que aquí hay mucho mamador de gallo. A lo mejor es de una de esas vainas de la tecnología, o una performance de Christo, el arquitecto sollado que vive de eso, o una nueva fase en la lucha del imperio contra nuestra soberanía agro-alimentaria que ya lo había vislumbrado aquel que te conté.

Qué sería de nosotros sin el Ávila, a qué correo escribiríamos, a qué ciudad si Caracas ya no. Seríamos, si te pones a ver, jungla de cemento y cabilla nada más con unas heliconias por aquí y por allá, estampillas flotando, valle es suspenso, tiempo perdido, ni memoria siquiera, libro sin páginas, caratula, boca sin lengua, gente con menos horizonte hacia lo alto. No tendríamos mentiras para sostenernos, distracción para casi ni vernos, puerto constante. Esa fue la noticia: se robaron El Ávila, también.

Leandro Area