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El Daguido de la Solano

Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Regreso de almorzar en ocasión de un día de la madre anticipado de uno de mis restoranes favoritos desde que tengo gusto y olfato – y ahora más que en los viejos tiempos de los inefables Guido y Emore – un poco más de plata – no mucha más – con esta devaluada e inaudita realidad.

Como es usual disfrutamos mi familia y yo de la acostumbrada cortesía y acogida de los amigos que nos reciben y atienden con cariño evidente, y reiterado afecto: Tonino, Il comendattore, es una institución, un interlocutor válido e inteligente con quien me gustaría almorzar largo y tendido para servirlo yo, y que me cuente sus aventuras y experiencias; Alirio y Marcos – a la que se suma ahora Yaris la sobrina del infatigable Alirio – son un dechado de cortesía merideña; Ricardo no estaba hoy para saludarlo a la peruana; como ya es costumbre me atendió mi paisano trujillano Jesús Gamboa, con quien compartimos comentarios y chacotas que nos alegran la comida y la tenida. Desafortunadamente ya ni Rufino ni Sandoval forman parte del encuentro familiar – gastronómico, en el que se inquiere por platos, tragos y familia.

Como siempre la comida a pedir de boca en manos del también paisano guaro Giovanni Parra, quien se lució en los fogones, como aquella vez que, con la asesoría de Carolina y Alejandro, nos tocó organizar un retador almuerzo para los exigentes miembros de la Academia Venezolana de Gastronomía, quienes quedaron impresionados con su cordero al horno y otros condumios.

En el DAGUIDO hasta pagar es un acto afectivo y solidario, cuando el amigo pelón de la caja, Jorge, nos despide deseándonos volver, lo que, en nuestro caso, no es una sugerencia necesaria.

A mi muy tempranera llegada me encontré con Don Eliseo, recuperado de sus dolencias y sin los pines y condecoraciones, luego de los dos besos de rigor, me sugirió que subiera y esperara la apertura del servicio, lo cual hicimos mi esposa y yo con el gusto de los que llegan temprano para saludar a la Familia. Sin embargo, a Giordi, Jorge, el yerno de Olivieri no le gustó mucho que alteraran su rutina matutina y mirando el justiciero reloj, nos pidió que esperáramos abajo, en plena calle; porque no era la hora de apertura del local; aclarado el descortés asunto pudimos sentarnos y sentirnos otra vez en casa, recordándole ahora, en estas afectuosas líneas – como le digo a mis alumnos del UNIMET – que el objetivo de una empresa es tener clientes deleitados, como lo seguimos siendo los que por cerca de cuarenta años no vamos sólo a comer sino a disfrutar de la calidez y la amistad del excelente personal del DAGUIDO de Sabana Grande, recuerdo una de las pocas leyes de la gerencia:

Ninguna organización es mejor o peor que los hombres y mujeres que lo dirigen y personifican.

¡VOLVEREMOS!

Enrique Viloria Vera